La Antiguas Haciendas Cafeteras

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Viotá ha fue el epicentro de una de las historias más fascinantes de la joven Colombia.

Luego de las guerras de independencia, la nación inicia un proceso de formación de su aparato productivo con miras a insertarse como un productor en un creciente mercado internacional.

Inaugura de este modo la expansión de su frontera agrícola.

Las extensiones boscosas e impentrables ubicadas al occidente de la ciudad capital y que por senderos indígenas conducen al río Grande de la Magdalena, cobra importancia.

La Quina y el Añil, fueron los primeros productos que buscaron posicionarse como bienes exportables de la oferta nacional, grandes empresarios nacionales y extranjeros probaron suerte con ellos, pero no llegaron a ser trascendentes y por el contrario dejaron a muchos de los pioneros en bancarrota.

Fue el café el que le dió un significado al gran esfuerzo de estos constructores de país, constituyendo al las haciendas cafeteras en el motor de la economía nacional.

Don Medardo Rivas (1825-1901) en su libro «Los Trabajadores de Clima Caliente» cuenta:

«Hacía muchos años que el cultivo del café había hecho la grandeza del Brasil, que había levantado a Venezuela a un alto grado de prosperidad, y hecho ricas las pequeñas Repúblicas de Centro-América; y a pesar de tan halagadores ejemplos, en Colombia no había una sola plantación; y sólo en Muzo, por una tradición inexplicable, se cultivaba el muy poco café que exigía el escaso consumo del interior.

El ningún conocimiento que se tenía de las condiciones del cultivo, el largo tiempo que exige la empresa para producir, aquí donde hay tan pocos capitales, y donde el interés de ellos es tan fuerte que no se puede esperar; la natural impaciencia que nos impele a consagramos sólo a lo que dé un inmediato provecho; y lo muy costoso de la conducción de los cargamentos a la costa, fueron causa para que en Colombia no se cultivase el café, además de la natural desconfianza que inspiraban el chasco del tabaco y del añil.

El señor Tirrel Moor, súbdito inglés y uno de los hombres más industriosos y más útiles que han venido al país, después de largos años de trabajar en la explotación de minas en Antioquia, en donde introdujo grandes y provechosas mejoras que aumentaron los rendimientos de cada mina, vino a establecerse a la ciudad de Bogotá, con su familia: compró un terreno en Chimbe, en un clima de 16grados, a la caída de la cordillera, y empezó desde medir y alinderar la tierra matemáticamente, y tumbar el primer árbol, hasta poner científicamente una plantación de café.

Cuando ya el cafetal estaba puesto, fuimos a visitarlo, y nos dejó la impresión que para animar a otros entonces publicamos, haciendo de él una descripción.

El éxito coronó los esfuerzos del señor Moor.

Siguiólo de cerca el señor José Antonio Mejía, nuestro primo, hijo del gran comerciante y hábil calculador Braulio Mejía, y sobrino del inmortal Liborio Mejía, el héroe de La Cuchilla del Tambo y último presidente en la Patria de los inmortales, quien fundó con mucha constancia el que hoy disfruta el señor don Luis Mejía Montoya, su hijo, quien lo ha aumentado, y es inventor de la excelente Estuca Mejía.

Los señores Lorenzana y Montoya, herederos de las virtudes de Nazario Lorenzana y de Francisco Montoya, el fundador de Ambalema, pusieron el cafetal de Campohermoso, al mismo tiempo que la familia Franco, compuesta toda de hombres de la calidad de don José María Franco Pinzón, quien ejerció el destino de tesorero de la República y manejó los caudales de la nación y todos los documentos de la deuda pública, por más de quince años, sin que se levantara contra él una murmuración, y muriendo en la pobreza; la familia Franco, decimos, puso también varios cafetales.

Para honra del carácter colombiano, es preciso referir también que el señor don Domingo Martínez, antiguo maestro de escuela en los tiempos de los lancasterianos, también dejó la pedagogía, y bajó a Chimbe a poner un cafetal.

El señor Francisco Ospina, de origen antioqueño, fue de los primeros en establecer en Chimbe un hermoso cafetal, cultivado con esmero; y no contento con esto, lo vendió, y se fue del todo a Anolaima, y en la Mesita de Santa Inés fundó el establecimiento más hermoso y más bien arreglado que existe en Colombia.

Basilio Martínez, de raza antioqueña (y es grato observar cuántos de esa raza figuran entre los grandes trabajadores y fundadores de la industria nacional) en compañía de uno de sus hijos estableció en las orillas del Río Dulce un gran cafetal, del que ha obtenido cuantiosos recursos.

Alberto A. Williamson, en 1880,fundó la hacienda de San Jorge (café), municipio de Melgar.

El mismo, en 1890, fundó la hacienda de Santa Inés (café), en el municipio de Melgar.

Alberto y Ricardo Williamson, en 1890,fundaron a Escoda (café), municipio de Melgar.

Alberto Williamson y José María Vargas V.,en 1894,fundaron a Borneo (café), municipio de Pandi.

Enrique de Argáez, 1889, fundó a San José (café, cañas y pastos), municipio de Tibacuy.

Manuel María Aya, de quien hablaremos largamente en nuestra visita a Fusagasugá, natural de ese distrito, de setenta y tres años de edad, fundó la hacienda de El Cuchare, los trapiches de San Rafael, Los Medios y El Guaimaral, la plantación de cafetos Bateas y pastos de guinea a orillas del río Panches. En El Igua, el trapiche de Los Canchos y en Cumacá el cafetal de Calandaima, todos en jurisdicción de Tibacuy.

Aguadulce y Casiaga, cafetales en vecindario de Nilo.

LaFila y El Asomadero, cafetales, y ElParamo, trapiche, en Icononzo, jurisdicción, de Melgar.

Los Leones, pastos artificiales en Nilo.

Don Francisco Groot y don Miguel Paz se unieron en compañía, y allá por Nilo, emprendieron, de los primeros, en el cultivo del caíé.

El señor Francisco Putnam fue laborioso sembrador de café en Nilo.

El doctor Pedro Alelo Forero, abogado que había ejercido su profesión con lucimiento ante los tribunales de Cundinamarca y el Tolima, compró una grande extensión de tierra, entonces montañosa, entre Viotá y Fusagasugá, y puso allí de los primeros, un gran cafetal, y hoy es un hombre acaudalado; pero se le acusa de no querer vender a nadie un palmo de tierra, y de conservar inculta una grande extensión de terreno fértil, que jamás alcanzará a cultivar, y en el cual pudieran fundarse más de diez haciendas, que harían ricas a muchas familias y darían trabajo a los jornaleros, aumentando así la riqueza nacional.

El señor don Carlos Abondano, como ya dijimos, sembró añil y construyó tanques; pero como a todos los que esa industria emprendieron, le fue mal y perdió largos años de trabajo y todos los sacrificios de su familia.

El no hizo, sin embargo, lo que todos los demás hicieron, arruinadas que fueron las empresas del tabaco y del añil, es a saber: abandonar la tierra, venderla por cualquier precio, e ir a buscar trabajo en otra parte. No, el señor Abondano conservó El Neptuno, y cuando empezó la industria del café, fue el primero que en la parte alta de la montaña, a la que llamó Filadelfia, estableció mía gran plantación con la cual se hizo rico; y sus hijos, herederos de su honradez y laboriosidad, han continuado allí aumentando las siembras, y hoy Filadelfia es un grande establecimiento, que hace honra a la industria de los Ahóndanos.

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El norteamericano señor Jorge Crane, vino de su país a Colombia con asuntos de comercio, y enamorado de nuestro país, quedóse en él, buscó una digna compañera, la flor de la sociedad, la señorita María de Jesús García Tejada, levantó una hermosa familia, y compró la hacienda de Calandaima, en donde, además de los potreros de ceba que había, puso; en compañía con el señor José Gooding, un grande establecimiento de añil, que fue un modelo para muchos otros después. Trabajó por largos años, pero los inconvenientes que todos encontraron, arruinaron también su obra y redujeron al señor Crane a la pobreza.

Siendo yanqui, ni se desalentó ni desmayó, y con la misma tenacidad que antes, en la parte alta de la hacienda, abatió la montaña primitiva, y empezó a poner un cafetal que resultó admirable, y que fue vendido por su familia al señor Eustasio de la Torre, quien lo aumentó considerablemente; llegando a ser el primer establecimiento y el más productivo del país, conocido hoy con el nombre de Ceilán.

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La familia del señor Crane se reservó una parte de la hacienda, y bajo la dirección del señor Javier García Tejada, volvió el hijo del señor Crane, Jorge, muy joven todavía, a poner otro cafetal y a formar otra hacienda. ¡Qué satisfacción para el señor Tejada, haber repuesto la fortuna arruinada de la familia de su hermana viuda, y dirigido a sus dos jóvenes sobrinos por el sendero del trabajo y de la virtud, y qué orgullo para el joven Jorge, cuando contempla su obra, y ve a su madre feliz y a su familia dichosa!

Y la obra de Crane en Buenavista es de contemplarse.

Un vasto cafetal, cuyas matas siempre floridas o cargadas de granos rojos se extiende en una extensión de una legua: la sombra de los cambutos y guamos, refrescando la atmósfera e interceptando los rayos del sol, le dan al paisaje un aspecto fantástico, y todo convida a la quietud y a la voluptuosidad. Al pie mismo del cafetal hay una hermosa casa alta, que parece una residencia inglesa en la India, rodeada de sauces y naranjos, cubierta de flores y con todas las comodidades y delicias de que puede disfrutarse en tan sabroso clima. Y allí mismo están las oficinas de elaboración del grano, con todas las máquinas y útiles que la industria ha inventado y que la ciencia aconseja.

El señor Crane ha asociado a su empresa al señor Alejandro Ruiz, y juntos, talando la montaña con un sinnúmero de trabajadores, están fundando la hacienda de Boston, más valiosa de todo lo que hoy existe.

Lo que más honra el carácter de los colombianos es la capacidad que para las diversas profesiones tienen que seguir, según el curso de los acontecimientos, y la buena voluntad y paciencia con que pasan de una a otra profesión, sin que sean un obstáculo los hábitos que ya han contraído.

A un obrero francés, hacerlo plantador en la América sería imposible. A un comerciante de Londres, cambiarlo en soldado, vana quimera.

Pues bien, como Alejandro Ruiz hay muchos hombres en nuestro país. El fue vicerrector del Colegio Militar en Bogotá, y escribió un tratado de táctica militar muy bueno: ha servido como jefe en el ejército, y se ha batido en todas las guerras que ha habido, y hoy es un admirable cultivador de café.

Hemos mencionado al señor Eustasio de la Torre Narváez, dueño de las haciendas de Ceilán y de Acuatá., y como este hombre enérgico y activo, ha prestado también grandes servicios a la industria, en justicia queremos consagrarle algunos momentos.

Antes, en nuestro país, el que alcanzaba a acumular un capital de cien mil pesos, era considerado como sumamente rico, y el número de estos capitalistas era muy reducido. Pues bien, hoy, gracias a sus empresas de café, y a su laboriosidad incansable, el señor Eustasio de la Torre tiene cien mil pesos de renta.

¿Cómo hizo el señor De la Torre tan inmensa fortuna?

Sirva su ejemplo a los que consumen estérilmente su vida en Bogotá, llenos de deseos; pero… que, cobardes, no bajan a trabajar.

Latorre era un joven bien educado, de una familia distinguida, estimado en la sociedad, y que ocupaba el puesto de subsecretario en la secretaría de Relaciones Exteriores en Bogotá; pero tenía mucha ambición y dos o tres desengaños en la política exacerbaron su carácter, y renunció a la vida pública, llevando al campo y al trabajo la laboriosidad tradicional de su familia, y un tino especial para hacer capital.

Hay algo de melancólico y triste en la contemplación de lo que pasa en la sociedad bogotana. Las antiguas familias, las que tienen humos aristocráticos y que conservan las tradiciones de Santafé, se han hundido en terrible miseria, y sus casas, sus haciendas, su puesto en la sociedad, lo ocupan otras que son las que dan el tono en Bogotá.

Los jóvenes educados en la capital pierden el tiempo miserablemente.

Las familias bogotanas, mientras el padre vive, gozan del esplendor que sus riquezas les dan: disfrutan del sueldo que el gobierno les paga, o comen del escaso pan que con su oficio ganan. Los jóvenes de las familias no siguen ninguna carrera ni profesión, esperan la herencia para venderla, cuando la hay, y sin preocuparse para el porvenir, viven, no en medio de los placeres, sino en la más triste ociosidad, dejando pasar las horas, los días, las semanas, los meses y los años, sin hacer nada y sin pensar en nada.

A la muerte del padre, si éste no ha sido acaudalado, la familia se disuelve. Las mujeres pasan a ser señoras vergonzantes, y los niños, acostumbrados a recibir todo en sus casas, van a llevar una vida desastrosa.

¿Conoces a ese policía aguardentoso que estropea a todas las sirvientas, y se hace odioso dondequiera que está? Tiene una cara decente, las manos finas y no deja el cigarrillo de la boca. Ese es el Chucho Porras, nieto del doctor don Manuel José Porras, e hijo del antiguo administrador de correos. Antes un cachaco elegante y gastador, y hoy un miserable gendarme.

¿Qué se hizo el sobrino del arzobispo Hernández, tan mimado y atendido en la sociedad? Ese es el cobrador del empréstito forzoso, y para vivir carga con el odio y el desprecio de todos los hombres honrados.

El general Contreras, presidente de la República, ¿no dejó familia?

Sí, y uno de sus hijos es el pregonero en los remates de los bienes confiscados a los enemigos del gobierno.

—Déme usted algo para llevarle a mi santa madre, que después de haber vivido entre las comodidades, hoy está en la mayor miseria.

¡Qué mendigo tan impertinente!

¡Pobrecito! Es el nieto del marqués de San Jacinto: el que heredó las mejores haciendas de la sabana de Bogotá, y que despilfarró todo cuanto tenía.

Si estas son las carreras abiertas a los jóvenes que se crían en Bogotá, si este es el camino trillado y común que van recorriendo las diversas generaciones, ¿cómo no rendir un justo tributo a los bogotanos que, como el señor Eustasio de la Torre, abandonan los goces de la capital, rompen con todas las tradiciones, y sin miedo al clima, a las privaciones y a las dificultades, se han ido a la tierra, caliente a formar una fortuna independiente?

Y el señor De la Torre es hoy un potentado que no sólo se ocupa en el manejo de sus valiosas fincas, sino que también se hace sentir en la política; poniendo su fortuna y su persona al servicio de la causa que ama, y ganando una justa y legítima influencia.

El señor Ramón Muñoz, hombre honrado y agricultor de profesión, a pesar de sus títulos universitarios, fue un buen servidor de la República: tomó las armas en defensa de su partido, siempre que hubo guerra, y fue herido e inutilizado en la batalla de Boyacá. Recordamos de él estas palabras, en una proclama dirigida a los inválidos, sus compañeros en 1876: «Arrastremos nuestros cuerpos mutilados hasta los cuarteles donde debemos morir en defensa de la libertad». El señor Ramón Muñoz, viejo e inválido, vivía retirado en un campito que llamaba el Redil, y pasaba el resto de sus días sembrando árboles y cultivando flores, cuando sus hijos lo sacaron de allí, y vendieron el campo para comprar una propiedad en tierra caliente y poner un cafetal.

Esto pareció, no sólo absurdo, sino una profanación; pero ellos contestaron, al cabo de cinco años, con una hacienda que daba de renta por año diez veces con qué comprar el Redil, y llevando allí a su padre a disfrutar de un temperamento delicioso, de una casa rodeada de flores y de un gran bienestar.

Froilán Vega y sus dos hermanos, Daniel y Luis, merecen el mayor elogio, porque sin capital, y debido sólo a sus esfuerzos personales, a su constancia y a su laboriosidad, en el curso de seis años, lograron fundar la hacienda de La Victoria, que tiene más de cien mil matas de café y un gran plantío de caña.

Debemos mencionar al señor Arquímedes Zamora, natural de La Mesa, a quien llaman el hombre de las cañas y de las pepas (palabras que significan en lenguaje común, mentiras y baladronadas), y que a él se le aplican por las inmensas plantaciones de caña de azúcar que posee y por los grandes cafetales que ha plantado.

Muy joven aún, el señor Jorge Ortiz dejó la capital y a su familia, y sin miedo a la soledad, al bosque y al trabajo, bajó a Viotá y puso un lindo establecimiento. Su ejemplo debiera estimular a los que viven pobres y sin oficio en Bogotá.

Volvemos a encontrar a otro de los Ahóndanos, al señor don José Manuel, fundando una nueva hacienda de café, a la que puso el nombre de La Arabia.

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Cuando ya el terreno se ha abierto, cuando ya ha habido muchas plantaciones y se ha conocido que la industria es benéfica, muchos capitalistas han destinado su dinero a empresas de café, bien mandándolo cultivar, o comprando los cafetales ya puestos; y aunque es verdad que esto es meritorio porque ayuda al desarrollo de la industria y al aumento de la riqueza pública, nos abstenemos de poner sus nombres, porque para nosotros el verdadero mérito está en los que expusieron su vida y arriesgaron su fortuna como primeros plantadores.

Entre ellos está otro de los señores Ortiz, quien se asoció al señor Sayer, para poner un grande establecimiento llamado La Magdalena.

Magdalena

Recordamos también a un joven, casi un niño, a Antonio C. de Molina, a quien vimos, bajo un techo pajizo, con fiebres palúdicas, adquiridas en el trabajo, y sin desmayar por esto en la empresa de poner un cafetal cerca de Viotá. Lo mismo que a los señores Londoño y Azcuénaga, que rompieron montañas como antioqueños y cultivaron de café una gran región.

El presidente de la República de Costa Rica, a quien debió aquella nación su gran prosperidad y su adelanto intelectual y moral, el general De la Guardia, deslumbrado con los ideales del partido radical en Colombia, y siguiendo sus huellas luminosas, se hizo colombiano de corazón, y quiso que su hijo, o sobrino, viniese a Bogotá a beber en la fuente sagrada de la universidad, regida entonces por Ancízar, Vargas Vega, Carlos Martín y Ezequiel Rojas; y esta es la causa por que se encuentra entre nosotros el señor Santiago de la Guardia, quien después de haber seguido su carrera literaria, eligió a una virtuosa bogotana por compañera; y juntos bajaron a la región caliente a fundar un establecimiento de café, que hoy da cuantiosos rendimientos, y que en recuerdo de su patria se llama Costa Rica.

Los señores Iregui Hermanos, hijos del doctor Nepomuceno Iregui, un antiguo y buen amigo nuestro, hombre instruido y que figuró notablemente en los Estados de Santander y Tolima, por sus virtudes como magistrado y por su energía como liberal, también bajaron a Viotá, y pusieron la hacienda de La Argentina.

Tobar Hermanos, merecen el mayor elogio por haber sido de los primeros que acometieron la empresa desconocida de sembrar café, y por haber fundado la hacienda de Java.

La parte de la montaña que sobre el río Bogotá domina, en lo más alto de la cordillera, no siendo apropiada para cañas, no tenía valor ninguno, y cubierta de bosques impenetrables hubiera permanecido por muchos años, como lo había estado desde el tiempo de la conquista hasta hace poco, si al señor Arcadio Céspedes no se le hubiese ocurrido ir a descuajar el monte para sembrar café; y a su audacia, calificada entonces de temeridad, al éxito en su empresa, y a haber fundado la hacienda de Misiones, se debe el gran valor que han adquirido esos terrenos, y a que se hayan fundado las haciendas de Entremos, perteneciente al señor Marceliano Vargas; La Trinidad, a los señores Josué Gómez y compañía; Santa Isabel, de los herederos del señor José M. Saravia; Santibar, de los señores Pinot Hermanos: La Merced, del doctor Nicolás Osorio, y Golconda, de los señores Samper.

El señor Francisco Putnam, en Nilo, fundó a Buenos Aires.

Los abolengos de la familia Rivas eran dueños en Bogotá de la hacienda de El Salitre, propiedad hoy del señor José Joaquín Vargas, y que vale un millón de pesos; de Puente Aranda, hacienda del señor José María Vargas Heredia, que no daría por doscientos mil pesos, y de la Estanzuela, en las afueras de la ciudad, cuyo valor es incalculable; y tenían por casa solariega la situada en la esquina de Santa Clara, y que hoy es un convento de monjas.

Eran dueños, además, de ricas minas de oro en el Chocó y de varias propiedades en la tierra caliente.

¿Qué fue de tanta riqueza y de tan alta posición social?

Fusilado por los españoles don Nicolás de Rivas y muerto don Rafael, fueron todas las propiedades saliendo de la familia, y perdiéndose las tradiciones de su antigua grandeza. Por fortuna encontramos en el campo de la industria, levantando una nueva fortuna y haciéndose rico, al señor Ramón Umaña Rivas, quien fundó la hermosa hacienda de Santa Cruz, en Viotá; y luego a los señores Duran Umaña, sobrinos de éste, fundando también la hacienda de Los Granjas.

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El señor José Manuel Umaña es uno de los hombres más ricos que hay en Bogotá, pero también es uno de los hombres más laboriosos, y fue de los primeros que emprendieron el cultivo del café, fundando la hacienda de San José.

En el mismo distrito encontramos a don Timoteo Gutiérrez, fundando la hacienda de Lo Paz; al señor Julio Arango El Rabanario, y al señor Ignacio A. Osuna Las Delicias.

Muy grato nos es traer aquí la memoria del señor José María Sáenz Montoya, tipo del caballero, del patriota y del hombre industrioso y útil a su país. Asociado desde muy joven al señor Francisco Montoya y al señor Ruperto Restrepo, formó la sociedad de Montoya, Sáenz&Compañía,de la cual hemos hablado ya al ocuparnos del tabaco de Ambalema. Al señor Sáenz tocóle ir a Londres, y allí estableció una casa de comercio que tuvo vastas relaciones, fue hospitalaria y benéfica para los colombianos, y tuvo tan alto crédito que arrastró a la casa de Fruhling y Goeschen a colocar sus capitales en las empresas de Colombia.

Cansado de la vida en Europa, pero trayendo la cultura del más cumplido inglés, volvió a los trabajos de Colombia, y con la misma facilidad con que conducía un coche en Hyde Park, manejaba su muía por en medio de los desiertos del Magdalena, y trabajaba como el último de los calentanos y como el primero de los cosecheros.

En la guerra de1851se hizo cargo de la gobernación de Antioquia, proveyó de recursos al ejército del general Tomás Herrera, y juntos derrotaron al general Eusebio Borrero en la batalla de Rionegro.

Casóse en Bogotá con la hermosa señorita María de Jesús Pinzón, hermana del eminente escritor doctor Cerbeleón Pinzón; y sus hijos Nicolás, Francisco y José María, fieles a su tradición política e industrial, han fundado en Viotá la hacienda de La Siberia, varios cafetales en otros distritos, y han levantado una gran fortuna.

Como hemos dicho muchas otras veces, el gran mérito de los colombianos está en la facilidad con que se amoldan a todas las situaciones y saben desempeñar los papeles que les toca representar en la vida. Un ejemplo de esto es el señor doctor Manuel H. Peña, ingeniero civil del más alto rango, cuyo nombre se ha asociado a los principales caminos del país; y que, sin embargo, ha sabido poner un magnífico establecimiento de café en el distrito de San Antonio.»

«Los Trabajadores de Clima Caliente» CAPÍTULO XV, EL CAFÉ, Medardo Rivas (1825-1901)

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